MISION POR REDUCCIÓN

Los pueblos guaraní-jesuíticos del Paraguay
Todo comenzó por una misión: una misión de jesuitas entre los Guaraní del Paraguay colonial.
Dos padres fueron enviados a las tierras del cacique Arapysandú, hacia el sur del Paraguay; otros dos irían más lejos, más allá de los Saltos del Guairá, hacia tierras que hoy hacen parte del Brasil, donde había tal vez más de doscientos mil indios repartidos en innumerables aldeas. Era el año de 1609.
Años antes había habido ya misiones itinerantes. Millares de indios habían sido bautizados. Pero esas misiones, en las que el misionero pasaba de una aldea para otra, sin quedarse en ninguna, no dieron ningún resultado; los indios habían recibido un nombre cristiano apenas como señal de haber estado en contacto con el español.
Ahora, en 1609, el método sería otra.Misión, ciertamente, pero por reducción.

Reducción y reducciones
Reducción es palabra desagradable que suena a empequeñecimiento y disminución. Trae también consigo la sospecha de sujeción y manipulación. La realidad histórica de la reducción es, de hecho, tan ambigua como su semántica.
En el mundo colonial hispánico del siglo XVI la reducción significaba proyecto político y civilizador. Se pretendía juntar a los indios en pueblos, pues se consideraba que no podían ser humanos y mucho menos cristianos, los indios vivían desparramados, «esparcidos y sin forma política en los montes y campos».
Lo cierto es, sin embargo, que por detrás de esa formulación humanística, la reducción estaba destinada a integrar a los indios dentro del sistema colonial, colocar su estructura tribal bajo el control del Estado y concentrar mano de obra al servicio del encomendero o patrón. La reducción, en muchos casos, comenzaba donde terminaba la conquista por las arnas; cuando los recursos militares eran escasos o cuando la capacidad de resistencia indígena se hacía sentir, la reducción fue un medio de pacificación.
Los frailes franciscanos, primero, y los padres jesuitas después, se sirvieron de la reducción porque el método de juntar a los indios en pueblos se manifestó como el instrumento adecuado de misión. Juntos, los indios podían ser mejor adoctrinados y educados en los nuevos valores éticos del cristianismo y mejor vigilados para que no retornasen a las «idolatrías» pasadas. Todo esto estaba implícito en el proyecto de reducción.
Sin embargo, el principio general de la reducción de «congregar en pueblos» era tan amplio, que dependería mucho de las circunstancias históricas para definir el modo concreto de cada reducción. En las Leyes de Indias hay un proyecto de reducción, pero en la historia de América hispánica hay muchas reducciones, diferentes entre sí. Sustrato indígena, sistema económico regional, orden religiosa a la que pertenecían los misioneros, estos y otros son los factores humanos e históricos que determinan la forma concreta de la reducción.
En el Paraguay de fines de siglo XVII, el conquistador español estaba cansado y se sentía fracasado. La tierra era «pobre», pues en ella ni había minas de oro ni de plata. Poco podía esperarse de una agricultura sin mercado. El producto comerciable más lucrativo podía ser la yerba mate, pero sin embargo requería mucha mano de obra -en este caso, la indígena- y ésta comenzaba a escasear sensiblemente. Guerras, epidemias y malos tratos habían provocado un ocaso demográfico indígena que sólo anunciaba tinieblas de muerte.
Los Guaraní llamados a ser reducidos presentaban, por su parte, una serie de características culturales que serían determinantes para la forma de sus reducciones. Aldeanos y horticultores, mostraban una organización social basada en la familia extensa, que propiciaba la participación y ayuda mútua en los trabajos y en las fiestas. La reciprocidad caracterizaba sus intercambios económicos. Era gente de intensa inclinación y experiencia religiosa, expresada en cantos y danzas, en sueños, visiones y discursos proféticos.
Los jesuitas, en fin, se sentían enviados a extender la iglesia católica hasta las últimas fronteras. Para ello, además de una fe profunda alimentada por la oración, contaban con experiencias educativas nuevas y con una visión bastante crítica frente a la injusta explotación colonial.
Y fue a través de este prisma de tres ángulos -Paraguay, Guaraní y jesuitas- que la reducción tomó una colocación específica y diferenciada, y se hizo historia singular.

La reducción jesuítica
La misión por reducción es un método y una historia, un modo de proceder y una actuación dentro del mundo colonial. Los jesuitas darán de ella una interpretación que puede considerarse tan específica como única.
La reducción de los indios Guaraní por los padres jesuitas se presenta ante todo como una «reducción por el evangelio» (cf. Susnik 1979-1980 (Aborígenes II):123). Para la época esto significaba que se entró a las tierras indígenas sin escolta armada. La fundación de las reducciones jesuitas se hizo sin la presencia de soldados españoles; más aun, se exigió expresamente su alejamiento. La experiencia mostró que la presencia de soldados en la entrada misionera era desastrosa para el relacionamiento con los indios, como sucedió en algún caso.
Lo que entendían los jesuitas por reducción lo expresa con propiedad el padre Antonio Ruiz de Montoya, uno de los principales fundadores de nuevas reducciones.

«Llamamos reducciones a los pueblos de indios que viviendo a su antigua usanza en montes, sierras y valles, en escondidos arroyos, en tres, cuatro o seis casas solas, separados a legua, dos, tres y más, unos de otros, los redujo la diligencia de los padres a poblaciones grandes y a vida política y humana, a beneficiar algodón con que se vistan» (Montoya 1639 a:f.6r).

Para el jesuita, la misión por reducción es un proyecto global que pretende cristianizar, humanizando. Con una mentalidad sin duda muy etnocéntrica, los jesuitas juzgan que los indios tienen que «humanizarse» en varios aspectos de su modo de ser; en fin de cuentas, los indios tienen que dejar su modo de ser antiguo y pasar para uno nuevo. Tienen que dejar su desnudez, sus pinturas corporales y hasta sus adornos de plumas, para vestirse; tienen que dejar la antropofagia, ese «vicio de comer carne humana», pero no precisan dejar de ser guerreros y pelear contra enemigos «infieles» o contra malos cristianos que les quieren esclavizar, como los bandeirantes paulistas; deben salir de sus casas, dispersas y aisladas, y juntarse en pueblos, donde cada familia habitaría en una casa particular; pueden continuar cazando, pescando y recolectando frutas y miel silvestre, pero se dedicarán de un modo más intenso a como lo hacían antes, a los campos de cultivo, donde plantarán lo de siempre: maíz, mandioca, maní, calabazas y zapallos, porotos... Deben terminar los grandes convites en los que se bebía la chicha o kaguñ, ocasión de viciosas borracheras, pero continuará habiendo grandes y abundantes comidas con motivo de bodas y fiestas civiles o religiosas. Los cantos y danzas rituales tradicionales cederán el lugar a espectaculares representaciones teatrales y vistosas coreografías de «ballet» de gusto europeo. El juego de pelota con el pie -un fútbol del que no conocemos las reglas, pero que era ya tradicional entre los Guaraní antes de la llegada de los misioneros- continuará siendo la gran diversión de los más jóvenes, sobre todo los domingos de tarde. Pero lo que más procuran y desean los jesuitas, a reducir a los todavía «infieles» Guaraní, es su conversión religiosa y para ello tienen que dejar sus antiguas «supersticiones» y no dejarse llevar por los engaños de sus hechiceros. En substitución se les predica una doctrina nueva y se les induce a participar de nuevos ritos litúrgicos y ceremonias en templos espaciosos, adornados con pinturas e imágenes de santos a profusión. Es la religión católica con sus expresiones artísticas de la Europa del siglo XVII. Es introducida en gran estilo la música barroca tanto la española como la centroeuropea.
Pero no todo lo indígena fue igualmente considerado negativo. La lengua guaraní fue asumida, admirada, conservada y estudiada con fervor y entusiasmo. Los jesuitas la redujeron a gramática, la registraron en ricos y detallados diccionarios y suscitaron obras literarias de considerable valor. Es cierto que la lengua guaraní reducida mudaba la forma y el contenido de su discurso religioso; en otras palabras, la poesía-guaraní tradicional y el relato mítico probablemente se perdieron por carencia de sustentación socio-religiosa. La sociedad reducida había adoptado otro lenguaje y hasta resultaba otra lengua: la lengua guaraní de las reducciones. Se creaba de este modo una lengua a la vez, indígena, cristiana y colonial.
Pero tal vez lo más importante fue que los jesuitas no indujeron a los indios a regirse por una economía de mercado colonial. La economía de reciprocidad esencial para el sistema tribal, sufrió una nueva reformulación, pero no fue eliminada; trabajo en común y distribución igualitaria de los productos así como aplicación de excedentes que incrementaban la cualidad de vida de la comunidad, fueron una práctica común durante todo el periodo de las Reducciones Jesuíticas. Ni colectivismo ni comunismo sino una amplia y profunda solidaridad. Aun así, los pueblos misioneros, como conjunto, entraron competitivamente en la economía de mercado regional al comerciar, a través de los jesuitas, sus productos: yerba mate, cueros, tejidos, algo de artesanía... Las reducciones jesuíticas, pues, no sólo habían salvaguardado la mano de obra indígena del servicio a los colonos, sino que además influenciaban decididamente el comercio con sus productos. Curiosamente, sin embargo, la prosperidad innegable de aquellos pueblos se atribuía a la existencia de minas de oro y plata... Una leyenda fantástica que perdura hasta el día de hoy.

Las reducciones de los Guaraní
Cuando los jesuitas comenzaron sus trabajos de reducción, en 1609, había todavía territorios o «provincias» de Guaraní que quedaba prácticamente más allá de la frontera de la ocupación española. Eran indios que, en general vivían libres en sus selvas y según sus costumbres, aunque algunos de ellos ya habían sentido la amenaza del dominio colonial. Hacia esas «fronteras» se dirigió la misión.
Aun dentro del esquema general, la fundación de cada reducción fue una historia particular, por los personajes que en ella intervinieron, por las circunstancias del momento histórico, importando mucho la mayor o menor relación que había tenido anteriormente los indios con el mundo colonial, y por las características socio-culturales de la «provincia» que estaba siendo reducida.
El ritmo con que se sucedieron las fundaciones fue también muy variado. San Ignacio Guasú fue establecido en 1609, pero en esa región sólo en 1615 se fundó la segunda reducción, Encarnación de Itapúa, en las márgenes del río Paraná. A partir de ahí, otras reducciones se constituyeron en la misma cuenca del Paraná: Corpus Christi (1626).
Del Paraná el movimiento reduccional pasó el río Uruguay, donde surgieron los pueblos de Concepción (1619), San Nicolás (1626), San Javier (1626) y Yapeyú (1627). Fueron años de mucha actividad e incluso mucha prisa por reunir a los Guaraní del otro lado del Uruguay. El Padre Roque González de Santa Cruz iniciaba casi simultáneamente las reducciones de Candelaria, Asunción y Todos los santos de Caaró (1628). Sólo que en esta región, sospechando los indios que los misioneros pudieran ser los precursores de una invasión de españoles que los esclavizarían, los mataron. La reducción sucumbía así a su propia ambigüedad de ser un instrumento de la penetración del estado colonial, al mismo tiempo que misión religiosa. Después de este golpe en que tres misioneros fueron asesinados y hubo sangrientas represalias contra los indios por parte de tropas españolas, la creación de nuevas reducciones entró en un compás de espera.
A partir de 1631, sin embargo, y hasta 1633, se formaron 13 nuevas reducciones en la llamada provincia del Tapé, donde se juntaron cerca de 60.000 indios Guaraní.
Otro frente de expansión, o de conquista espiritual , como gustaban llamarla los propios jesuitas, fue el Guairá. Por muchos años, la actividad misionera se limitó a atender las reducciones iniciales de Loreto (1610) y San Ignacio (1612). Con la llegada de mayor número de misioneros y gracias en gran parte al coraje personal del padre Antonio Ruiz de Montoya, fueron fundadas, entre 1622 y 1629, otras 11 reducciones, en las que llegó a juntarse la inmensa mayoría de los Guaraní de la región. En las 13 reducciones del Guairá entraron, según un cálculo bien documentado, no menos de 42.000 indios.
Del Guairá un grupo de jesuitas se dirigió a la región del Itatín, hoy Mato Grosso do Sul en el Brasil, donde también en poco tiempo fueron organizadas 5 reducciones a partir de 1632.
De este modo, en un período de menos de 25 años se habían formado mas 43 reducciones en territorio guaraní.

Las reducciones en Paraguay colonial
Las reducciones era ante todo misiones que procuraban la conversión de los indios a la fe cristiana, mediante la enseñanza de la doctrina católica y la práctica de las buenas costumbres. Pero el número considerable de indios en ellas reunidos, con lo que este suponía de mano de obra retirada de la explotación colonial, les confería una importancia económica y política decisiva. Poco a poco se manifestó el dilema entre dos términos irreconciliables: o indio esclavizado o indio reducido. Entrado en la reducción, el Guaraní se libraba de hecho del encomendero.
Efectivamente: el indio que entraba en las reducciones jesuíticas quedaba libre del servicio personal al español, un servicio que tantas muertes había provocado ya entre los Guaraní por los maltratos que les eran inflingidos. Los jesuitas, al convidar a los indios a reducirse, solía prometerles que se verían libres del temido servicio personal. Para cumplir su promesa, que consideraban un acto de mera justicia, apelaron a las leyes de la Corona española que declaraban libre al indio, pero sobre todo crearon las condiciones de una economía autónoma e independiente respecto a los vecinos españoles del Paraguay.
Erase de esperar que la sociedad española de la región nunca perdonaría a los jesuitas la creación de ese espacio de libertad, que hacía innecesaria e indeseable la presencia de los colonos entre los indios.
Ya en los primeros años se manifestó la oposición entre los colonos españoles y jesuitas. Las relaciones de las ciudades de españoles, especialmente Asunción, con los jesuitas siempre fueron tensas y en ciertos períodos francamente hostiles. Hay que reconocer que los jesuitas consiguieron una posición privilegiada, aprovechando la legislación del estado que les favorecía y también la fuerza económica que resultaba de un comercio sólido que se desarrollaba con pocos intermediarios. La rabia de los colonos y encomenderos frustrados contra los jesuitas estalló tan incontrolada que cuatro veces los expulsaron del colegio de Asunción (1612, 1649, 1724, 1732), ya que no podían retirarles de las reducciones. Esto sólo se consiguió en 1767-1768, cuando todos los jesuitas eran expulsados de los dominios del rey de España; pero eso es ya otra historia.

Las reducciones y los bandeirantes
La violencia colonial contra las reducciones de indios Guaraní se haría sentir de un modo más agresivo, sin embargo, cuando los «bandeirantes» salidos de la villa de São Paulo, atacaron las reducciones para capturar a los indios y llevárselos como esclavos. Las «bandeiras» eran expediciones -tanto de origen oficial como de iniciativa privada- que entraban tierra adentro en busca de riquezas. Aprisionar indios y venderlos como esclavos era, en la primera mitad del siglo XVII un negocio bastante lucrativo. Los «bandeirantes» Antonio Raposo Tavares, Manuel Preto y André Fernández hiciéronse tristemente célebres por la osadía de sus expediciones y elevado número de indios cautivos. Al principio, la caza al indio se restringía a los indios todavía «paganos» que vivían en sus aldeas -¡como si esto fuese un atenuante!-. Los vecinos españoles colaboraron no pocas veces a este infame comercio, vendiendo indios que estaban bajo su dominio.
El «bandeirantismo de captura», es decir, aquel que tenía como principal móvil la caza del indio, había comenzado ya por los años de 1585. Pero fue sobre todo a partir de 1607 que ese tipo de «bandeiras» se intensificaron. Fue por esos tiempos, entre 1610 y 1628, cuando numerosos Guaraní entraban en las reducciones del Guairá. Fueron ellas, pues, la presa más tentadora. ¿Para qué buscar lejos y a la ventura, lo que estaba cerca y bien localizado? ¿No estaban ahí las reducciones donde los jesuitas ya tenían reunidos a los indios? ¿No eran estos Guaraní tan indios como otros para ser cazados y esclavizados?
En 1629 el bandeirante Antonio Raposo Tavares atacó tres reducciones del Guairá llevándose unos 9.000 cautivos. Los ataques se sucedieron en los años siguientes. Para 1631, once reducciones habían sido destruidas y despobladas. Más de 30.000 Guaraní fueron capturados y llevados a Rio de Janeiro para ser vendidos a los ingenios de azúcar. Muchos sucumbieron por el cansancio y maltratos del camino. Unos 12.000 consiguieron librarse de las manos de los bandeirantes. Con este resto los jesuitas emprendieron un arriesgado y heroico éxodo por el río Paraná abajo. Las trece reducciones del Guairá desaparecerían literalmente y la región quedaba prácticamente despoblada.
Años después en 1636, los mismos bandeirantes paulistas descendieron sobre las reducciones recientemente fundadas en el Tapé, destruyendo de nuevo los pueblos y llevándose cautivos a más de 25.000 indios. Los jesuitas y los Guaraní, viéndose sin posibilidad de resistir, trasmigraron al otro lado del río Uruguay, fuera del alcance de los paulistas.
Frente a esta situación de ataques tan inhumanos y destructores, los jesuitas consideraron necesario que los indios pudieran defenderse con armas de fuego, recurso éste que les estaba prohibido por la legislación española. Con este objetivo el padre Antonio Ruiz de Montoya fue enviado a la corte de Madrid en 1638. Ahí escribió varios «memoriales» y también la Conquista Espiritual, en que describía con vivos detalles y no sin indignación los atropellos de los paulistas «que no cesaban de combatir a los (indios) cristianos, cautivarlos y venderlos» (Montoya 1892:148-149) Montoya consiguió fundamentalmente lo que pretendía y se concedió a los indios el uso de las armas de fuego.
De este modo, cuando en 1641 una nueva «bandeira» bajaba por el río Uruguay para atacar a las misiones del sur, los Guaraní de las reducciones a las órdenes del «capitán» indígena, Ignacio Abiarú, y del hermano jesuita, Domingo Torres, derrotaron a los invasores paulistas en el lugar llamado Mbororé. Esta fue una victoria grandemente significativa, porque inauguraba un nuevo modo de defensa y justificaba la conveniencia de un ejército en el territorio de las misiones.
Esta estructura militar, como tantas otras estructuras coloniales, tuvo también en las misiones un doble y ambiguo sentido. Por una parte, aseguró y fortaleció la defensa de las reducciones frente a los ataques bandeirantes, pero también introdujo entre los indios una estructura militar al servicio del estado español en América que afectaba seriamente la vida de los pueblos. El ejército guaraní fue llamado con frecuencia para dominar las revoluciones de los españoles del Paraguay, oligarcas y encomenderos. Fue llamado también para recuperar y defender los dominios de la Corona española contra los portugueses que ocupaban la Colonia de Sacramento, en la actual República del Uruguay. La estructura y el ejercicio militar no se establecieron impunemente en las reducciones.

Las reducciones y sus 30 pueblos
Sin los ataques paulistas, ya dominados, y sin interferencias de los colonos españoles las reducciones jesuíticas del Paraguay entraron en una fase de franca consolidación y relativa tranquilidad. Los pueblos, después de dolorosas transmigraciones para alejarse del peligro paulista, encontraron su ubicación definitiva. Con los años, algunos pueblos de elevada densidad demográfica, se dividieron y dieron origen a nuevos pueblos. Desde 1687 fueron restablecidos siete pueblos en la margen oriental del Uruguay, de donde habían salido unos cincuenta años antes bajo la amenaza bandeirante. De este modo, con la fundación en 1707 del pueblo de Santo Angel, se completó el número de los Treinta Pueblos. Esos Treinta Pueblos ocupaban un territorio continuo, extenso, fértil, de clima agradable, bañado por numerosas corrientes de agua, con grandes recursos para la agricultura y la ganadería. Los pueblos se desarrollaban con un bienestar y una prosperidad que suscitaban admiración y envidia, alabanzas y detracciones, simultáneamente. En 1743, la población indígena en los Treinta Pueblos alcanzaba la cifra de 141.182 personas.
Cartas y otros escritos de los jesuitas, así como informes de las visitas hechas por gobernadores y obispos, difundían una imagen cada vez más asombrosa. Las reducciones se volvía un lugar de utopía: los indios llevaban una vida cristiana perfecta y habían alcanzado un desarrollo económico y cultural muy superior al de los colonos españoles de la región. La Conquista espiritual de Montoya ya hacía ver, en 1639 los prometedores resultados «civilizadores» de la reducción, en la forma en que era aplicada por los jesuitas. Además del desarrollo agrícola, era notable el progreso en las cosas mecánicas y en la asimilación de la música europea.
«En las cosas mecánicas son muy hábiles. Hay entre ellos buenos carpinteros, herreros, sastres, tejedores y zapateros... Son maestros y no pequeños en el cultivo de la tierra. De modo notable son aficionados a la música. Ofician la misa con aparato musical, de dos o tres coros. Se esmeran en tocar instrumentos, tales como bajos, cornetas, fagotes, arpas, cítaras, vihuelas, rabeles, chirimías y otros» (Montoya 1892:198).
La descripción que el Padre Antonio Sepp hacía de su viaje a las Misiones y de sus trabajos apostólicos, publicada en Alemania en 1696 y 1709, con su estilo ameno y divertido, atraía poderosamente la atención de Europa sobre aquel Paraguay donde parecía surgir una sociedad de abundancia y de inocencia, donde el trabajo era realizado al son de la música, más jugando que penando.
Pero sería, al fin, la obra de un gran humanista italiano, Ludovico Muratori, la que más contribuiría la imagen idílica de una sociedad armoniosa y feliz. Su mismo título, II Cristianesimo felice, revelaba el entusiasmo que la experiencia suscitaba. Con estas publicaciones y otras noticias parecidas, quedaba abierto el campo hacia la utopía. La visión de las Reducciones del Paraguay como utopía estará siempre presente en la literatura que trata del tema. Las Reducciones serían la realización histórica y visible de la Utopía de Tomás Moro, de la Ciudad del Sol de Campanella e incluso, de la República de Platón; el ideal se había vuelto realidad en las selvas del Paraguay, y no con personas de élite, sino con indios Guaraní. La sociedad, al fin, se confundía con la idea misma de Estado. El triunfo de la humanidad; como llegaría a afirmar Voltaire.
La reducción, como modelo y sistema social, siempre fue mantenido por los jesuitas en sus misiones con los Guaraní, con quienes estaba dando resultados singulares. Los pueblos de Guaraní fueron construidos conforme a un plano bastante uniforme que permaneció sin modificaciones a través de los años. Los materiales de construcción -paredes de cañas revestidas de barro, adobe o piedra- variaban, como eran diversos los trazos arquitectónicos de las iglesias, del «colegio» de los padres o de las casas de los indios. Lo que no variaba fundamentalmente era el plano urbanístico general. Su disposición es tan igual y uniforme, que «visto un pueblo, puede decirse que han visto todos... Los que viajan por ellos llegan a persuadirse que un pueblo encantado los acompaña por todas partes», escribía Alvear (cit. por Furlong 1962:197).
Las ruinas de esos pueblos, cuando no han sido definitivamente sepultadas debajo de las construcciones de ciudades modernas asentadas sobre ellas, excitan hoy la imaginación del visitante. de hecho impresiona ver surgir en un campo o en el interior de la selva los altos muros de una iglesia barroca con sus floridos adornos, sus frisos y cornisas. Y adivinar en el suelo la disposición regular de los rectángulos de las casas de los indios; un orden urbanístico que se quería espejo y matriz del orden social, moral y religioso. El Templo y plaza era el centro de la vida del indio reducido.
Pero la reducción de aldea guaraní a pueblo misionero no era la expresión y presuposición de otras reducciones.
La lengua guaraní, el arte plástico, la organización política y social, las formas de la vida religiosa, el canto, la danza, pero también el trabajo, la agricultura, las actividades de colecta de frutos silvestres, la caza y hasta la guerra, todo fue reducido. Esto quiere decir que se operaba a partir de la substancia, de la materia, de las condiciones que ofrecía el indio guaraní, pero todo ello debía ser transformado. Este proyecto era consciente en los jesuitas y, al parecer, también en las cabeza de muchos Guaraní Así lo entendieron no pocos Guaraní y se opusieron a la reducción; la mayoría la adoptaron, se puede decir que la hicieron suya, y hasta la defendieron como tradición propia, cuando la sintieron amenazada; hubo algunos Guaraní, en fin, que mantuvieron, si bien clandestinamente, una vida doble, haciendo parte de la reducción, pero practicando costumbres antiguas, sobre todo en el terreno de las curas mágicas y ritos funerarios.
En 150 años de proceso reduccional los cambios operados en el pueblo guaraní fueron amplios y profundos. No hubo prácticamente ningún sector de la vida que no fuese tocado y reformulado. Los resultados estaban ahí: pueblos bien trazados, iglesias magníficas, esculturas admirables, libros en lengua guaraní... Son los restos que han desafiado el tiempo y nos llegan como testimonio de un nuevo modo de ser.
¿Puede uno contentarse con estas reliquias o estos restos?
Para quienes piensan que los Guaraní estaban en la barbarie, como lo pensaban los europeos hasta el siglo XX, las reducciones probarían la capacidad e inteligencia del indio para alcanzar y asimilar la civilización europea. Y en este sentido las reducciones son una realización histórica envidiable que tiene mucho para mostrar y ser visto.
Pero está también la reducción como negación o substitución del modo de ser guaraní pre-colonial. Y aquí, hay que reconocer que la misión por reducción era un proyecto por los menos peligroso. No porque anunciara un fe nueva, sino porque proponía e imponía la entrada de esa sociedad en un Estado, cuyo sistema contradecía radicalmente lo esencial de la vida indígena: la reciprocidad y la solidaridad. Tarde o temprano, los Guaraní de las reducciones sucumbirían a la máquina del Estado, un Estado como el español y portugués, esencialmente mercantil.

Las reducciones reducidas
La fuerza de las reducciones jesuíticas y su esplendor incubaban su flaqueza y su ocaso. Era una utopía -una utopía imperdonable- formar parte de un estado colonial, y pensar que se podría indefinidamente regirse por sus principios éticos y jurídicos, manteniendo fuera los intereses coloniales concretos. Las reducciones jesuíticas del Paraguay, siendo realidad eran utopía, no podían tener lugar; sólo una confianza ingenua en las leyes del estado español y un renovado fervor religioso habían podido mantener aquella forma de vida, en la que, sin negar los principios mismos de la dominación colonial, se había conseguido eliminar los abusos y mitigar las violencias.
El golpe contra las reducciones vino de donde no se esperaba, pero de donde sólo podía venir: del rey, el patrono del Estado colonial.
El terreno, desde hacía años, se estaba abonando con rumores y acusaciones ideológicas que no dejarían de dar resultado. Los 30 Pueblos de Guaraní no eran, se decía, sino un Reino Jesuítico, un Estado dentro del Estado.
Hacia la segunda mitad de siglo XVIII, los jesuitas del Paraguay ya no tenían la influencia moral para oponerse a las ideas absolutistas que regían la política europea, especialmente de los Borbones de Francia y España, política que penetraba también, presionando, en Roma junto al Papa.
La centella que hizo arder aquel montón de contradicciones y ambigüedades que se había acumulado con los años fue el Tratado de Madrid de 1750. Siete pueblos, precisamente los más recientes y entre los más dinámicos, esos que estaban en la margen oriental del Uruguay, eran cedidos a la Corona de Portugal a cambio de la Colonia de Sacramento, de la cual debían retirarse los portugueses. Ni los jesuitas ni los Guaraní estaban preparados para un golpe político de esta envergadura: los jesuitas hicieron ver la inconveniencia y la injusticia del Tratado por todos los medios a su alcance y lo mismo hicieron los indios. No valieron las razones. Sintiéndose traicionados por la Corona, a la que tantos servicios había prestado, y desconfiando incluso de los jesuitas, los Guaraní se opusieron con armas a la entrada de las tropas españolas y portuguesas que invadían lo que ellos consideraban su tierra. Los Guaraní fueron derrotados y humillados. La llamado Guerra Guaranítica, terminada en 1756, dejó desmoralizados a los indios y a los jesuitas. El Estado colonial manifestaba de este modo que permitía ilusiones de utopía en su seno y que no había campo para alternativas que discutieran el sistema económico y político del colonialismo.
Dentro del mismo proceso histórico llegó, en 1767, el extrañamiento de los jesuitas de todos los dominios de la Corona española. En 1768 los jesuitas, todos ellos, tuvieron que salir de los pueblos del Paraguay. De poco valieron las protestas de los Guaraní para conservar consigo a «sus padres». Con la salida de los jesuitas, el fin de las reducciones estaba decretado. No tanto porque los curas que los substituyeron -franciscanos, dominicos, mercedarios- no estuvieran preparados para una empresa de tal envergadura, sino porque las reglas de la administración fueron cambiadas. Las reducciones podían, en fin, una vez alejados los jesuitas, ser manejadas según los intereses económicos de la sociedad española local. Los indios, sus bienes y sus recursos caían en manos de patronos que se apoderaron de todos los beneficios, especialmente ganaderos.
Comenzaba el ciclo de las ruinas que se visitan hoy con los más encontrados sentimientos: nostalgia de paraíso perdido o escenario de un crimen, que todos los agentes del Estado colonial perpetraron tan impunemente contra una nación indígena como los Guaraní. Reviven como espectáculo de luz y de sonido las ruinas de las Misiones, pero los indios ya no están.


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DESDE EL RETORNO

ANTECEDENTES

1. La vuelta definitiva de los jesuitas al Paraguay tiene su origen en los insistentes deseos que de ello mostraron las más prominentes autoridades del país.
El Cardenal de Lai, Prefecto de la Sagrada Congregación Consistorial, escribiendo al P. General de los jesuitas el 27 de enero de 1925, hace referencia a los reiterados deseos de Mons. Juan Sinforiano Bogarín, Obispo de Asunción, y une su voz a la del Prelado paraguayo "en la esperanza de que no se negará a abrir un vasto campo de acción a la actividad misionera de sus hijos, lo que resultaría de una ventaja incalculable para el Paraguay".
Con fecha 25 de junio del mismo año, escribía Mons. Bogarín al P. Provincial de Argentina: "No he de ocultar a V.R. mi gran satisfacción, mi intensa alegría, al vislumbrar una esperanza, una casi seguridad de que alguna vez se llenarán los deseos que he alimentado desde que fui sacerdote y los que, a pesar de mis humildes y reiteradas gestiones en el año 1896, no han llegado a la eficacia; más ahora que, por vez primera ya mi edad avanzada, se me abre la puerta de una esperanza de ver realizados mis deseos, repetiré con el anciano Simeón: Ahora puedes dejar a tu siervo irse en paz...".

2. Con todo, el P. General de la Compañía de Jesús escribía al P. Provincial de Argentina que por el momento no se podían enviar sacerdotes de España dado que se les acababa de responsabilizar de la misión de las Islas Marianas. Pero, añadía: "Juzgo que por ahora y en el entretanto bastaría que algunos Padres recorran aquellas regiones misionando y así, como hemos visto hacerse en otras partes, preparen el camino a fin de poder, andando los años, fijar allí residencia". Así se comunicó al Sr. Obispo de Asunción.

3. En el verano de 1926 llegan cinco Padres con el objeto de realizar una gira misionera. Fueron los PP. Fernando Pérez Acosta, único jesuita paraguayo en aquel momento; Felipe Lérida, futuro Superior de la primera residencia jesuítica en Asunción; José Pedrosa, futuro Superior y Párroco de Cristo Rey; Matías Crespí y Joaquín Gracia.
El equipo realizó misiones en Asunción, Concepción, Horqueta, Belén, Paraguarí y Encarnación.

I PERIODO (1927-1950)
Tres etapas marcan este larga período en el que los jesuitas, que trabajan en el Paraguay, dependen de la Provincia religiosa de Argentina: Fundación en Asunción, expansión al interior y primeras actividades docentes y culturales.
1927: El día 4 de enero, llegan tres jesuitas para fundar la primera comunidad de la Compañía de Jesús en Asunción, después de la expulsión de Carlos III. El primer superior de la comunidad es el P. Felipe Lérida.
Provisoriamente habitan la casa de la Sra. Asunción Martínez Vda. de Bogarín en la Avenida Mariscal López. En octubre, toman posesión de un local definitivo en la calle Colón, donde se inaugura una capilla con el nombre de Cristo Rey, advocación que quedará íntimamente ligada con la Compañía de Jesús en su nueva época en el Paraguay.
En los cuatro años siguientes: se inaugura la Escuela Apostólica de Cristo Rey para preparar vocaciones paraguayas para la Compañía; se realiza la primera visita al Paraguay del corazón del Beato Roque González de Santa Cruz (1930) y se organiza la "Asociación Obrera de Cristo Rey", que tendrá una efímera duración debido a las acontecimientos de los años siguientes:
1931: A fines de dicho año, es nombrada Superior el P. Eustaquio Zurbitu.
Al iniciarse la guerra del Chaco los locales de la Escuela Apostólica de Cristo Rey se transforman en Hospital de sangre para los heridos.
La llegada de nuevos jesuitas permiten una primera expansión hacia el interior: en el año 1933 se hacen cargo "ad tempus" de la parroquia de Horqueta (Concepción); el mismo año se funda una comunidad en San Ignacio, responsabilizándose de un fuerte bloque de parroquias de Misiones y Neembucú; terminada la guerra del Chaco se toma posesión de la parroquia de San Estanislao desde donde se atienden otros siete pueblos.
1938: Este año es nombrado Superior de Cristo Rey y de todos las jesuitas del Paraguay el P. José Pedrosa (1938-1950).
Durante su larga superiorato se abre la Escuela Primaria de Cristo. Rey (1938); se edifica el nuevo templo del misma nombre y queda erigida coma parroquia (1941).
Son los años de la fundación de la revista "ACCION", del Centro Cultural B. Roque González en la calle Estrella, y de la Federación de Asociaciones de Empleadas Católicas (1947).

En esa época el P. Antonio Guasch participa ya activamente en varios Congresos sobre el guarani, presentando importantes mociones para fijar la grafía.

II PERIODO (1951-1958)
Hasta 1950 los jesuitas en Paraguay constituían prácticamente como una misión dependiente de la Provincia de Argentina. En 1951 queda constituida, juntamente con Bolivia, una Viceprovincia dependiente de la Provincia española denominada Tarraconense.
Este breve espacio de tiempo va a estar marcado por los abundantes destinos de jesuitas al Paraguay y el interés por la inculturación de la Compañía en el país.
Son años en los que se consolidan las líneas anteriormente trazadas y, originalmente, los jesuitas del Paraguay se abren a una acción apostólica en el Norte de Argentina.
1950: El P. Luis Parola será el primer Superior Provincial de la recién fundada Viceprovincia Dependiente Paraguayo-Boliviana.
Se inaugura una Casa de Ejercicios Espirituales en Santa Rosa (1951) atendida por las Hermanas Auxiliares de Ejercicios.
En 1952 el Colegio Cristo Rey abre aulas de secundaria, clases nocturnas para obreros y una escuela de radiotécnica.

Se establece una comunidad en Paraguarí con una casa de Estudios de Guaraní (1952) para los jesuitas provenientes del extranjero y posteriormente una escuela
(1953) denominada "Beato Roque González de Santa Cruz y Compañeros Mártires".

En San Ignacio se crea el "Centro Juvenil Gonzaga" y una agrupación de hombres denominada "Caballeros de Cristo Rey" (1953)

1954: El P. Julián Sayós que, durante su Provincialato en España había enviado numerosos jesuitas al Paraguay, asume el gobierno de la Viceprovincia Paraguayo-Boliviana.
Durante estos años se abre una escuela y un colegio en Santa Rosa (1956). La antigua Escuela Apostólica de Cristo Rey se transforma en un Postulantado ubicado en Barrero Grande.
Las comunidades jesuíticas del Paraguay establecen varias comunidades en el Norte de Argentina. Primero se encargan de las parroquias de Ita Ibaté y Berón de Entrada (1956), y posteriormente abren la Residencia de Jesús Nazareno en Corrientes (1957).

III PERIODO (1958-1974)
Gracias al desarrollo de la Compañía de Jesús en Paraguay, los jesuitas dejan su dependencia de los jesuitas Bolivianos para construir por sí solos una Viceprovincia dependiente de la Provincia española de Andalucía. Es el año 1958.
Este período se caracteriza por un importante incremento del número de jesuitas; por la expansión de la Compañía de Jesús en Asunción; por el desarrollo del apostolado docente, intelectual y social; por proseguir su expansión en la zona de Argentina.

1958: El P. Manuel Fernández de Castro es el primer Provincial de esta nueva época.

Se inicia la construcción de los nuevos edificios para el Colegio de Cristo Rey (1959).
En 1960 se crea la Universidad Católica de Asunción: los jesuitas aceptan la dirección de la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación, que se ubicará durante diez años en los locales del Colegio de Cristo Rey.
El mismo año se realiza la segunda visita del corazón del B. Roque González al Paraguay que recorre todo el país, quedando definitivamente depositada la reliquia en la Iglesia de Cristo Rey.
Se inicia un Museo de las Reducciones en la Capilla de Loreto de Santa Rosa (1959).
En San Ignacio se funda el Colegio de S. Luis (1962), que se clausuraría pocos años después.

1963: El P. Manuel Segura asume el provincialato del Paraguay el día 2 de febrero de 1963.
Se establece una comunidad en Encarnación que se responsabiliza de la dirección de las Facultades de la Universidad Católica en dicha ciudad (1964).
Se comienza el trabajo en Posadas para atender el Seminario y dar clases en el Instituto del Profesorado (1966), y se toma la parroquia de Beatos Mártires (1968).
Se constituye en Asunción el Centro de Investigación y Acción Social como entidad propia (1961).
Se ponen párrocos fijos en Sta. María, S. Patricio, S. Ramón, en la zona de Ayolas-Yabebirí y en la de Laureles-Cerrito. Se colabora durante un tiempo en la pastoral de Concepción, Pilar y Villarrica.

En 1968 los jesuitas se hacen cargo de la parroquia y escuela del barrio de Nazareth en Asunción.

1969: El P. Luis Moreno es nombrado Provincial el día 22 de enero. .
En ese mismo año el P. Bartolomé Meliá inicia sus trabajos científicos con los indígenas del Alto Paraná, como primera respuesta a un pedido de la Nunciatura. Simultáneamente se abre una comunidad en Concordia (Argentina), que será posteriormente clausurada en el año 1975.
Se inaugura el Colegio Técnico Javier en Trinidad (1970), y se comienza a atender la Vicaría de S. Rafael.
Al término de 1970 la Compañía de Jesús entrega la Facultad de Filosofía a la Universidad Católica, trasladando su local a la sede central.
El mismo año 1970 se acepta la nueva parroquia de Itatí en Posadas.

1972: El P. Bartolomé Vanrell será el último Provincial de este tercer período.
En el mismo año se inaugura la comunidad del Centro de Investigación y Orientación Sicológica en Asunción. También en Asunción se establece por vez primera en el Paraguay un noviciado y una casa de estudiantes de la Compañía (1973).
En 1974 se abre en Asunción la Curia Provincial con domicilio independiente.
Mientras tanto, en la provincia argentina de Misiones se acepta la responsabilidad de la Parroquia de Cristo Rey en el Soberbio (1973).
En 1973, el P. Pedro Arrupe, General de la Compañía de Jesús, visita el Paraguay y preside una concelebración en las ruinas de S. Ignacio Mini (Argentina).

IV PERIODO (1974 - 1978)
En 1974 el P. General considera que la Compañía de Jesús ha llegado en el Paraguay a un grado de maduración que le permite constituirla jurídicamente como Viceprovincia Independiente, dándole plenitud de autonomía y dependencia directa de la Curia Generalicia Romana.

1974: El P. Antonio González Dorado es nombrado Provincial de la nueva Viceprovincia Independiente del Paraguay el día 2 de octubre, fecha en al que también se leía el decreto de independencia.

Durante el año 1975 se funda la revista EDUCACIÓN 75 y un boletín intitulado PROBLEMAS JUVENILES.

Se establece el noviciado de Paraguarí (1976) al mismo tiempo que, en dicha población, se inaugura un nuevo Centro Promocional de la Mujer. En 1978 se iniciará el Seminario (Juniorado) de la Compañía de Jesús en Asunción, junto al Colegio Técnico Javier.

Se abre la casa del CEPAG (Centro de Estudios Paraguayos Antonio Guasch) junto a la Vicaría de San Rafael (1976)

Se celebra el IV Centenario del B. Roque González y se inaugura la capilla de Mártires en la Parroquia de Cristo Rey (1976).

Se inicia una experiencia de misión entre indígenas en El Soberbio (1976) y se aceptan las parroquias del Sagrado Corazón en Corrientes (1976) y de la Inmaculada en Encarnación (1977).

Se inicia una labor de restauración de las antiguas reducciones con la fundación del Curatorium Alemán “Paraquaria” (1977).

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